martes 2 de febrero de 2010

El Mito del Fin del Mundo y la Inmortalidad del Alma

Cíclicamente, en las distintas etapas de la historia, gran parte de la humanidad ha imaginado el Apocalipsis y el fin de los tiempos, cada vez que su necesidad de expiación así se lo exige, interpretándolo como la más espectacular intervención divina; y al mismo tiempo ha intuido la inmortalidad del alma.

No son pocos los que han tenido experiencias sobrehumanas de vivir fuera del cuerpo, viendo, oyendo y sintiendo de la misma manera que si lo tuvieran, pero desde una dimensión más sutil; en situaciones cercanas a la muerte, en sueños, en estados de trance o durante hipnosis.

La descripción más poética y fiel de lo que nos espera después de la muerte fue la de Dante Alighieri en La Divina Comedia, cuyo contenido coincide con muchas narraciones que han trascendido de otras culturas, como la de los antiguos egipcios y de otras civilizaciones con alto nivel de desarrollo.

En la Inglaterra medieval, eran comunes los relatos sobre estas experiencias extracorpóreas, apariciones y la posibilidad para algunos de ponerse en contacto con los muertos. Muchas veces, estos fenómenos tenían un carácter punitivo como consecuencia del mal comportamiento de los vivos y la necesidad de disculparse y hacer las paces con ellos.

Según las creencias religiosas, los actos malignos perpetuarían un sufrimiento en el más allá, semejante al inflingido en este mundo, por siempre, mientras que una vida piadosa permitiría disfrutar de la gloria; en tanto que los que necesitaban purificarse, sus almas tendrían que cumplir una etapa de espera antes de disfrutar de los placeres celestiales.

Un hombre llamado Thurkill, en Essex, Inglaterra, durante la edad media, reportó haber experimentado un fenómeno de vida después de la muerte en el que sintió que se encontraba en una especie de catedral, diferente a todo lo conocido, donde seres endemoniados lo rodearon mientras paredes de fuego amenazaban con consumirlo.

Refirió haberse encontrado con su padre fallecido, que languidecía consumido por su alma ennegrecida, por los sucios negocios realizados durante su vida en la tierra, pero no pudo encontrar a su madre.

En esa época, la gente estaba obsesionada por el Apocalipsis. Todos esperaban el fin y se aferraban a estas historias con la esperanza de seguir viviendo de algún modo.

Desde siempre existió la idea de la comunicación con el otro mundo y la posibilidad de la visita de los muertos a los vivos y el poder de los vivos para ayudarlos en su travesía. Los fantasmas eran presencias comunes en los castillos medievales y se consideraban almas errantes que no podían trascender, generalmente debido a su desaparición prematura por algún acto de injusticia.

Las rutinas de los monjes en los monasterios representaba la lucha del hombre entre el bien y el mal, un combate espiritual contra las tendencia malignas, existentes también dentro de ellos mismos, para encontrar la paz.

La búsqueda de Dios y la lucha contra el diablo ha sido para el hombre una necesidad espiritual; y todas las creencias coinciden en que es menester mantener una vida ordenada y justa, para conseguir la paz en la tierra y tener la posibilidad de la inmortalidad del alma.

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lunes 1 de febrero de 2010

Infidelidad de los Padres

Según estudios psicológicos recientes realizados por profesionales dedicados al tratamiento de niños y adolescentes, se ha comprobado que es mucho más negativo para los hijos vivir la infidelidad de los padres, que su divorcio.

Estadísticas realizadas con mil familias demostraron que el 58% de las parejas no se separan aunque hayan sido infieles, pero sin embargo, esta actitud afecta más a sus hijos que si se divorciaran.

En estos casos, los niños suelen identificarse con uno de los progenitores, ya sea con el que traiciona al otro porque considera que de algún modo su forma de relación lo provocó, o con el traicionado que piensan no lo merecía. De un modo u otro viven esa circunstancia en forma personal como si fuera propia y fuera él mismo el que cometió la falta o el ofendido.

Estos chicos se sienten ellos mismos defraudados o culpables de esta situación y aprenden a tener una idea distorsionada del matrimonio, como un compromiso que no implica lealtad ni afecto, sino que solo representa una relación contractual que puede transgredirse según la conveniencia de cada uno y sin tener en cuenta el daño que puede producirle a los demás.

Cuando estos niños crecen, pueden tener problemas de toda índole con sus respectivas parejas, ser incapaces de establecer vínculos estables y no respetar a sus parejas ni mantener sus propias decisiones.

Les costará ser leal no sólo con sus parejas, sino también con sus amigos y clientes, porque las actitudes de los padres será la base de su código de valores y el único criterio de verdad que se sentirán animados a respetar.

Los hijos adolescentes suelen tener un alto sentido de la justicia y no pueden entender que uno de sus progenitores pueda ser infiel y al mismo tiempo seguir estando casado.

Aunque el divorcio también suele ser devastador para los hijos, porque los condiciona y los afecta de todas formas al obligarlos la mayoría de las veces a cambiar su forma de vida, repartiendo sus vidas entre ambos padres, a cambiar de domicilio, de escuelas, de amigos y muchas veces hasta de status social y situación económica; las estadísticas afirman que el divorcio es menos movilizador para los niños y los jóvenes cuando los padres enfrentan los problemas y no se mienten.

Los divorcios hoy en día son más comunes que en otras épocas, cuando era frecuente que las personas casadas se permitieran un mayor grado de hipocresía en la sociedad, para guardar las apariencias.

La magnitud de las grandes ciudades y el anonimato brinda una mayor oportunidad de ejercer el libre albedrío sin el peso del “qué dirán” y atreverse a disolver uniones y vincularse nuevamente tantas veces como los protagonistas estén dispuestos a establecer, sin tener en cuenta muchas veces los problemas que esto acarrea.

Pero cuando se instala la infidelidad en una pareja y es tolerada y a veces hasta aceptada por el otro, los niños aprenden a relativizar los valores y trasladarán ese aprendizaje a las demás áreas de su vida.

Creerán que robar puede no ser tan malo porque depende de las circunstancias y mentir, engañar y traicionar tampoco, y tratarán de justificarse con el dudoso recurso de que nadie es perfecto y que a veces se justifica ser desleal para no parecer estúpido.

Las parejas suelen atravesar muchas crisis que son comunes a todos en cada etapa de la existencia y la infidelidad por lo general, suele ser un recurso inmaduro que intenta detener el tiempo y postergar la madurez.

Puede que a veces sea saludable disolver una unión por cuestiones imposibles de resolver, pero para comenzar una nueva relación primero hay que terminar la anterior sin dejar un tendal de personas heridas.

Actuar en forma madura significa ver las cosas desde una perspectiva más alta porque los problemas siempre se resuelven desde un nivel más elevado de entendimiento, para en este caso encontrar nuevas formas de encarar el desarrollo natural de la vida, sin afectar a las relaciones personales cayendo en viejas fórmulas.

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jueves 28 de enero de 2010

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